¿Por qué hablamos tanto las mujeres?

El novio de Alicia la acusa de hablar mucho. Por eso a menudo interrumpe su diálogo para dar alguna respuesta al problema en cuestión, ofrecerle un consejo, o simplemente, aportar la última palabra.

A la chica esa actitud le molesta, pues, no busca en la conversación apoyo para adoptar decisiones, sino más bien intenta lograr empatía entre ambos. Solo desea comunicar lo que siente y también, ¿por qué no?, liberar tensiones.

Conflictos similares se presentan en las relaciones de pareja de cualquier edad. A los varones, en su mayoría, les resulta difícil comprender las causas por las cuales hablamos tanto. Tampoco nosotras entendemos cómo es que ellos se concentran en una sola tarea, y luego de la jornada de estudio o trabajo apenas desean platicar.

Y es que más allá del afán de superioridad por uno u potro lados, asoma un problema biológico. Existen evidencias científicas de que el cerebro femenino difiere del masculino en cuanto a conducta, estructura y rendimiento en muchas faenas.

Nos caracterizamos—según los especialistas—, por tener más habilidades comunicativas y emotivas, ser multitareas, y ostentar visión periférica. En tanto, los hombres son mejores en la manipulación de artefactos o equipos eléctricos, en el aporte de soluciones y el sentido de la orientación.

Así, se plantea que al ejecutar acciones relacionadas con el habla activamos mayor número de zonas cerebrales y que en las áreas involucradas al proceso comunicativo poseemos alrededor de 20 mil códigos del lenguaje verbal y extraverbal, por solo 7 mil en el sexo opuesto. El agotamiento de estos últimos se convierte en la causa de su desánimo para conversar después de estudiar o trabajar.

También justifica que las niñas aprendan a hablar primero, gocen de un repertorio lingüístico más amplio y, al llegar a la adultez, demuestren rendimiento académico superior en cuanto a comunicación se refiere.

Las investigaciones en el campo de las neuroimágenes revelan, asimismo, el motivo que los disocia al dialogar con nosotras. A diferencia de los cinco tonos vocales que empleamos para cambiar de tema, cuentan con solo tres; por lo tanto, se atormentan con facilidad.

Otro rasgo distintivo radica en la capacidad para realizar varios quehaceres al unísono. De manera simultánea podemos lavar, cocinar, ver la televisión, atender a los hijos, el teléfono y hasta escuchar lo comentado por tercera persona.

Mientras a ellos, el hecho de carecer del 30 por ciento menos de conexiones entre hemisferios cerebrales los limita. Además de encontrarse compartimentados y operar de modo independiente, el filamento que conecta el lado derecho e izquierdo de su cerebro es hasta un 10 por ciento más delgado.

La genética evolucionista asocia todas estas diferencias con el resultado de miles de años de progreso. Igualmente considera la conducta humana como un proceso de interacción de las bases biológicas con las influencias sociales, culturales y psicológicas.

Lo cierto es que, ni mejores ni peores, entre sí somos distintos. Y reconocerlo contribuirá, pues, a lograr un mayor equilibrio, mayor compenetración y a preservar la fragancia del amor.

 

 

 

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