Más allá del reloj

Hace ya algunos años alerté por vez primera sobre cómo la impuntualidad empezaba a convertirse en un problema serio y cotidiano, que amenazaba, además, con extenderse a toda velocidad.

Era mi intención hacer reflexionar acerca de una cuestión que si bien no es condición única cuando de disciplina se trata, sí resulta vital y, por tanto, no puede ser obviada ni disminuida.

Mas, tal como indicaban los pronósticos de entonces, el flagelo continuó expandiéndose y hasta hoy sufrimos sus efectos. ¿Cuántas veces acudimos a un centro de prestación de servicios a la hora de su apertura y encontramos que los operarios aún no han llegado?

¿Por qué en no pocas ocasiones las tiendas o bodegas abren sus puertas cinco, 10 o 15 minutos después del momento indicado? Contrario a lo que algunos piensan, el Período Especial y la aparejada crítica situación del transporte, no crearon este mal, y pese a las dificultades no siempre existen razones que en verdad lo justifiquen. Lo más triste es que muchas veces lo aceptamos y, tal vez de modo inconsciente, soslayamos sus múltiples aristas.

El fenómeno de la impuntualidad rebasa el tema de las llegadas tardes a los centros de estudio o labor. Así, por ejemplo, las citaciones para determinada actividad que se efectuará a las 10 de la mañana mostrará su inicio a las nueve. ‘Nada, que como sabemos, los cubanos nunca estamos a la hora señalada, y solo así lograremos comenzar a tiempo’, se alega pues. Y acaso nos hemos puesto a pensar en lo que representan 60 minutos en la vida de cada uno de nosotros. ¿Por qué desaprovechar, entonces, este preciado lapso?

Llama la atención, asimismo, cómo el paternalismo también hace aquí su aparición y apaña la actitud de quienes ven en este comportamiento un problema sin importancia. En tal sentido, es bastante común asumir la posición de imaginar que su solución será hallada a golpe de sermones y reclamos de conciencia.

Por otra parte, existen lugares donde el silencio y la inercia de las demás personas, incluidos dirigentes administrativos, son interpretados como forma de aprobación. Uno hace más lo que ve que lo que le ordenan hacer, reza un axioma muy válido para aquellos que, en una u otra medida, tienen a su lado individuos a la expectativa de sus actos y conductas. Y lo traigo a colación para enfatizar, otra vez, en el valor del ejemplo.

No puede un maestro exigir puntualidad a sus alumnos si él es el primero en llegar tarde a clases, tampoco el director de una Empresa a los trabajadores si comete tal falta, y mucho menos pretenderá quien dirige una asamblea comenzar en el instante concertado si convirtió en rutina hacerlo tiempo después.

Comparto la opinión de quienes piensan que esta situación no es insalvable y tengo, también, la certeza de que muchos como yo, anhelan desterrar este mal de la sociedad. Recuerdo que entre los méritos atribuidos a los XXIX Juegos Olímpicos celebrados en Beijing, estuvo el cumplimiento estricto del horario de cada uno de los programas, cuya jornada inaugural inició a las 8:08 de la noche, coincidiendo con el momento previsto.

Imitar estos ejemplos nos vendría muy bien. No debemos jamás olvidar que, más allá del reloj, ser puntuales denota orden, respeto y consideración. Es así que la impuntualidad se deleita justo en el lugar donde la disciplina no se hizo respetar.

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