La rutina, ¿buena o mala?

rutina2“El hombre es un animal de costumbres pero no hay que olvidar que la costumbre mata al hombre.”

Proveniente del francés routine, se llama rutina a esa costumbre o hábito que se adquiere al repetir una misma tarea o actividad muchas veces. Visto así, se explica bien por qué los humanos somos seres rutinarios.

Desde los primeros años de vida aprendemos, por ejemplo, a lavarnos los dientes varias veces al día; desayunar, almorzar y comer en horarios específicos; bañarnos e ir a dormir en el momento habitual.

Los pequeños se adaptan a su hogar y sufren si no están en compañía de sus parientes allegados. Los adultos cuando viajan experimentan desarreglos en el organismo, lo cual atribuyen al agua, al aire, los alimentos, pero en verdad, el cuerpo siente los cambios de su cotidianidad y por eso no funciona normalmente. Por tanto, se deduce que modificar la manera de actuar no siempre resulta aconsejable. Mas, ¿es bueno llevar la rutina a todas nuestras vivencias?

Evidentemente no. Habida cuenta de que como lo define el diccionario se trata de acciones que se realizan sin necesidad de razonarlas, cuando los automatismos se extienden a todos los ámbitos de la vida llega a ser peligroso, pues, además de dar paso a la monotonía, indica que hemos perdido la creatividad y, por ende, nos sentimos apagados.

A veces tenemos la impresión de ver transcurrir un día completo sin hacer nada. Cuando analizamos percibimos que en realidad no hemos parado y eso ocurre porque las jornadas son tan iguales que ni siquiera nos percatamos de que el tiempo pasa. Esta sensación de agobio representa la señal de que hay que empezar a ser más originales.

Si bien es cierto que las rutinas son necesarias para alcanzar un nivel de tranquilidad y de predictibilidad sobre lo que ocurre en torno a nosotros, también y como en casi todo, los extremos hacen daño.

Así sucede con frecuencia en las relaciones de pareja, donde provocan que sus cimientos comiencen a tambalearse. De ahí que algunos psicólogos sugieran seguir determinadas pautas para evitarlo. Entre ellas, dialogar y negociar, pues diferentes puntos de vista enriquecen y dinamizan el vínculo amoroso.

De igual modo ha de compartirse la responsabilidad a la hora de tomar decisiones, hay que hablar claro, eliminar sobreentendidos, silencios acusatorios y suposiciones que generen desconfianza y distanciamiento. Una pregunta, un comentario a tiempo que refleje el grado de disconformidad, evita que se dé todo por dicho y acabado.

A ello se añade la propuesta de mantenernos abiertos a nuevas experiencias pensando en que nunca dejarán de asombrarnos. Y quizás lo más importante: conservar la ilusión. La sorpresa representa un factor clave para terminar con ese tedio habitual. El hecho de organizar una escapada de fin de semana o una cena romántica, sin que el otro lo espere, hace que la relación sea más apasionante.

Reflexionar, entonces, nos enseña que aun cuando no debemos desterrar del todo a la rutina, requiere que seamos selectivos y la utilicemos solo para lo estrictamente necesario.

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