Las miradas delatan

miradas1 (1)_0Expresivas, penetrantes, inquisidoras, inocentes, alegres, tristes, pícaras, sinceras, falsas, tiernas, frías…Las hay también altaneras, acogedoras, indiferentes, bondadosas, condenatorias, esquivas, posesivas, respetuosas…

Disímiles, en verdad, resultan las miradas; capaces de descubrir el interior del ser humano y de revelar sus sentimientos. Mucho se puede transmitir a través de ellas. De ahí la importancia de aprender a leer en los ojos de los demás.

Una vía segura para conocer las verdaderas intenciones de nuestro interlocutor es analizando su modo de mirar. Cuando alguien nos agrada solemos observarle detenidamente durante unos segundos fuera de lo normal y las pupilas se nos dilatan hasta alcanzar incluso, un tamaño cuatro veces mayor. Pero, si por el contrario, sentimos antipatías, éstas en lugar de ampliarse, disminuyen.

Si cuando conversamos con una persona, notamos que evita mirarnos a la cara, casi siempre intenta ocultar la verdad o al menos deformarla. Quien es sincero no teme observar de frente, aun cuando lo normal es que no lo haga todo el tiempo de manera fija, sino a intervalos.

No hacer pausas y mantener estable la mirada podría interpretarse como una actitud desafiante, por lo que se sugiere emplear para ello al menos el 80 por ciento del tiempo. Desviar la atención justo antes de iniciar el diálogo, indica que lo que se dirá responde a una reflexión meditada, en tanto, mirar a derecha e izquierda cuando nos platican demuestra desinterés.

Una ojeada seductora comienza en los ojos del interesado, para luego volverse hacia otro punto y de nuevo regresar. Si resulta retribuida, significa que hay correspondencia.

Dar amor a los niños, a través de este sentido, hará que estos se sientan seguros. Cuando el bebé nace, solo puede enfocar a una distancia de 25 a 40 cm, la misma en que recibe los alimentos, por lo que el contacto visual comienza a ser indispensable. Cerca de los dos meses, ya retribuye la mirada,y lo hace sentirse emocionalmente lleno, sabiendo que alguien está ahí, con él.

En la medida en que crece va aprendiendo a relacionarse con el mundo a través de imágenes, lo que influirá en la confianza y la autoestima que desarrolle.

Cuando hablamos con alguien, no es grato llevar puestos espejuelos oscuros, igual si es el oyente quien los porta. Puede parecer que nos escondemos tras ellos. Una contemplación diáfana sirve para facilitar el diálogo y para que las personas se comprendan y se sientan cómodas.

Irritación, molestia y hasta miedo, experimentamos cuando nos enfrentamos a una de esas que llaman de las más ‘duras’, porque incluye una revisión exhaustiva de arriba a abajo, en muestra de reproche o censura. De ahí que en muchas ocasiones hemos valorado a un compañero o compañera solo por su modo de mirarnos. ¡Qué mal me cae!, decimos sin siquiera haber intercambiado una sola palabra.

Cuando no logremos suavizar la mirada hacia fuera, entonces convendría examinarnos profundamente hacia adentro. Busquemos la vía para comunicarnos con los demás de manera transparente, limpia, deleitándonos más que inspeccionando.

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