Envidia, ¿de la buena?

220px-Inveja_covarrubiasAunque en determinadas ocasiones suele decirse que se experimenta envidia de la buena, o sana, lo cierto es que ese sentimiento —tan antiguo como el hombre mismo—, está calificado como el más vergonzoso y denigrante de los vicios. Se trata del dolor malsano causado por los logros de alguien que se nos asemeja. 

De múltiples maneras puede expresarse. Así, por ejemplo, cuando disgusta el ascenso de un compañero, la felicidad que gozan seres cercanos a nosotros, o los bienes poseídos por otros individuos. Investigaciones realizadas al respecto revelan que dicho comportamiento lleva implícito, inclusive, el deseo de hacer daño.Por mucho que se exteriorice nadie reconoce que está asumiendo esa actitud. Y aunque, en verdad, todos de cierta forma la hemos manifestado alguna vez, lo importante es que no se convierta en una reacción constante, pues, puede llegar a ser enfermiza. De hecho, en términos médicos ha sido definida como tal.

Para el doctor Saúl F. Salischiker, médico psiquiatra y psicoterapeuta “cuando una persona se obsesiona y deja de vivir por estar pendiente de su entorno, y entre otras cosas siente agobio por cada uno de los triunfos ajenos… aparte de mostrar signos graves de inferioridad, muestra que se está tratando con una persona psiquiátricamente enferma”.

Y, precisamente, en la inferioridad, en el hecho de sentirse disminuido puede estar la causa de ese modo de actuar, y, por ende, es un tabú social que se lleva en silencio. La infravaloración genera frustración, derrota y hasta el rechazo de uno mismo y ello viene aparejado al odio, las críticas y la ira hacia los demás.

La envidia se desarrolla desde la infancia, cuando no se inculca durante esta etapa un concepto positivo de sí mismo y se ha carecido de la confianza elemental que merece todo niño, tanto en el ambiente familiar como en la escuela. Resulta de la inseguridad personal y la falta de autoestima.

Como “tristeza o pesar del bien ajeno” la define la Real Academia de la Lengua Española; en tanto, el filósofo inglés Francis Bacon la llamó “gusano roedor del mérito y la gloria”. Se acentúa entre aquellos que viven circunstancias parecidas, y entre hermanos y compañeros de profesión.

La mayoría de la sociedad rechaza a quienes la practican, lo cual guarda relación con el origen mismo de la palabra. Los griegos la habían divinizado porque en su lengua phlohnos es masculino. Le daban también el nombre de mal ojo y para librar a sus hijos de las influencias de este genio, tomaban con el dedo el cieno que había en el fondo de los baños y señalaban sus tiernas frentes. Los romanos, por su parte, la hicieron diosa e hija de la noche. La comparaban a la anguila pues estaban en la creencia de que este pez mostraba ese resentimiento hacia los delfines.

Esta superstición permanece aún entre los primeros y l deidad se representa bajo la forma de un viejo espectro femenino con la cabeza ceñida de culebras, los ojos fieros y hundidos, el color lívido, una flaqueza horrible, con las serpientes en las manos y otra que le roe el seno. Algunas veces se pone a su lado una hidra de siete cabezas.

De diversas formas ha sido simbolizada y hasta plasmada por pintores ilustres. Siempre, con rostros desagradables como sinónimo de repulsión. Y es que como bien dijo Don Quijote a su escudero, en la inmortal obra de Miguel de Cervantes y Saavedra: “Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no tal, sino disgusto, rencores y rabias.”

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