Sobre la decisión de abandonar la compañía y no regresar a #Cuba de un grupo de bailarines del Ballet Nacional

La decisión de abandonar la compañía y no regresar a Cuba de un grupo de bailarines del Ballet Nacional ha ocupado titulares de medios en la región.

La decisión de abandonar la compañía y no regresar a Cuba de un grupo de bailarines del Ballet Nacional ha ocupado titulares de medios en la región.

Excelente material escrito por Yuris Nórido y que comparto con ustedes:
Algunos politizan el hecho, aunque todo indica que las causas son sobre todo económicas y personales…

Después de tres décadas de ausencia, el Ballet Nacional de Cuba (BNC) regresó a Puerto Rico con el espectáculo La magia de la danza. Hubo lleno total en las presentaciones, la compañía cumplió sobradamente las expectativas. La agrupación que dirige Alicia Alonso sigue siendo una de las más importantes de América Latina, quizás la más reconocida en el ámbito del ballet clásico.

Pero el principal interés de las agencias de prensa y otros medios de comunicación no fue el éxito de las funciones, sino la decisión de un grupo de bailarines de abandonar la compañía y no regresar a Cuba.

No es primera vez que sucede: en los últimos años varios integrantes del BNC han dejado las filas en los numerosos periplos internacionales de la principal compañía de la danza en Cuba.

Es lamentable, pues el nivel del elenco se resiente, sobre todo por la necesidad de sustituir a bailarines formados por recién graduados del nivel medio: la renovación del BNC es constante y en ocasiones va más allá de lo conveniente. Afortunadamente, la Escuela Nacional de Ballet, una de las mejores del continente, es una cantera confiable y segura.

Es lamentable y hasta cierto punto comprensible. Dejando a un lado el debate sobre las responsabilidades y compromisos de un creador con su agrupación, nadie puede pretender que el proyecto personal de la totalidad de los artistas coincida con el proyecto cultural de la nación.

Muchos lamentan el dinero invertido en la educación y formación de los jóvenes bailarines que abandonan el país, pero en realidad el acto de enseñar no tiene que ver con la imposición de obligaciones: es un acto humanista.

Politizando el hecho, el director artístico del Ballet Clásico Cubano de Miami, Pedro Pablo Peña, ha asegurado que la “deserción” de los bailarines demuestra “el absoluto descontento” de los artistas con el régimen cubano.

En realidad, “la huida” tiene que ver con dos circunstancias: primera, que los bailarines aspiran a mejorar sus condiciones económicas (está claro: Cuba es un país pobre, en cualquier compañía de los Estados Unidos los bailarines pueden ganar mucho más dinero que aquí); y segunda, y no menos importante, que el contexto político facilita mucho las cosas.

Si hubieran abandonado una compañía mexicana, argentina o rusa no se hubiera armado tal alboroto.

Vamos por pasos.

Sin caer en el extremo de algunos que aseguran que la enseñanza del ballet en Cuba es la mejor del mundo —algo que los conocedores saben que es inexacto—, lo cierto es que los bailarines cubanos están bien preparados. Tienen un nivel técnico considerable, han bebido de una tradición de ballet bien arraigada.

Es normal que encuentren cabida en compañías de todo el mundo. El hecho de que algunos bailarines cubanos hayan llegado a ser estrellas internacionales del ballet, primeras figuras de reconocidas agrupaciones ha cimentado la leyenda. Cuba ha llegado a ser considerada ahora “la nueva Rusia”, en alusión a la extraordinaria capacidad de formación de profesionales de la danza.

Es obvio que muchos de ellos tienen las miras puestas más allá de las fronteras nacionales. Es un fenómeno universal: mucho se ha escrito de la emigración de personal calificado de países subdesarrollados a países ricos.

Lo natural sería que estos bailarines hubieran acudido a la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana y solicitaran su visado a título personal. No existe absolutamente ninguna ley en Cuba que lo prohíba.

Pero el proceso puede ser muy complicado. Y es muy probable que buena parte de los solicitantes no llegaran a recibir la autorización para viajar.

Mucho más expedita es la vía de la “deserción”. Es la que la que conviene a ciertos grupos políticos en los Estados Unidos. Calza perfectamente con la idea repetida una y otra vez de que los cubanos “huyen” de Cuba por la imposibilidad de tener una vida digna en la isla.

Que la mayoría de los bailarines no “huyan”, que por razones diversas decidan hacer sus carreras en el país, no importa demasiado. Se magnifica la determinación personalísima de algunos, que se pinta como la única solución posible.

Algunos voceros dicen que en Cuba los bailarines sienten sus carreras truncadas. Es discutible: tiene que ver con las aspiraciones y las potencialidades de cada uno de ellos. Pero en Cuba los bailarines bailan, que es lo que se supone que hagan.

Naturalmente, cuando uno estudia ballet (o cualquier otra cosa, pero particularmente el ballet, que es una profesión tan competitiva), uno aspira a llegar a lo más alto. Pero entre cien, solo unos pocos (muy pocos) llegarán a ser primeros bailarines.

Y en un país con tan alto nivel profesional en ese arte, es mucho más difícil llegar a la cima. Estos bailarines, que ya están en Miami, formaban parte del cuerpo de baile. Algunos tienen particular talento, pero ahora es difícil aventurar una opinión sobre sus posibilidades en el BNC.

Tampoco podemos afirmar si hubo o no hubo injusticias en las evaluaciones artísticas; de cualquier forma son muy jóvenes.

Puede ser —y también es muy natural— que haya contradicciones en el seno de las agrupaciones, en el Ballet Nacional de Cuba, por ejemplo. Es evidente que hay diferencias con las estrategias trazadas por las direcciones artísticas y administrativas. Es más, es saludable que las haya.

Pero en Cuba no hay una sola compañía. El espectro de posibilidades profesionales de un bailarín (de un buen bailarín, se entiende) es amplio. Y en última instancia, los mejores tienen la oportunidad de firmar contratos en el extranjero (muchos ex integrantes del elenco lo han hecho, por cierto).

Quizás el BNC deba revisar su política en ese sentido, flexibilizar ciertas condiciones… Pero en todo caso siempre será una determinación de la compañía. De la misma manera que todas las compañías del mundo exigen el cumplimiento de los contratos a sus bailarines.

En el fondo hay una verdad del tamaño de un templo: no se suponía que un país como Cuba tuviera una gran escuela y una gran compañía de ballet clásico. Ese era —de hecho, sigue siendo— un privilegio de naciones desarrolladas.

Otros cubanos alcanzarán éxitos en escenarios internacionales: hay escuela para eso, y está claro que la voluntad nacional es que continúe su desarrollo.

Unos cuantos llenarán de orgullo al país con sus desempeños, en los mejores teatros del mundo. No pocos vivirán del ballet y para el ballet, en pequeñas y medianas compañías: cada quién tiene el derecho de escoger su camino. Lamentablemente, otros se perderán para la danza (hay una historia no contada de bailarines que se fueron de Cuba con una ilusión y terminaron frustrados).

Pero convendría aplaudir a los que han decidido quedarse, bailando en Cuba para los cubanos. Con las carencias, lidiando con insatisfacciones, luchando por mejorar las cosas… Un reconocimiento para ellos, la mayoría, los que ganan aplausos para el país en sus presentaciones en el extranjero, los que mantienen viva a la escuela cubana de ballet, más allá de puntuales vaivenes.

De esos, cierta prensa no habla tanto.
(Tomado de CubaSí)

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