#Cuba: Sentir en la piel el dolor de otros

20140619_083842Leo Messi, ese grande del fútbol argentino cuya brillante actuación disfrutamos por estos días en el Mundial de Brasil, protagonizó un video en el que llama a destinar mayor cantidad de recursos y medicamentos a la lucha contra la enfermedad de Chagas. Y es que si bien para los cubanos resulta desconocida, se estima que en el planeta hay cerca de 8 millones de personas infectadas y que por su causa mueren cada año unas 12 mil 500.

Este mal tiene mayor prevalencia en las regiones rurales más pobres de América Latina. En Bolivia, por ejemplo, cubre casi el 60 por ciento del territorio y en sitios como Tarija y Chuquisaca, forma parte de su entorno. Aun cuando desde el 2006, el Gobierno de ese país emitió una Ley dirigida a su prevención y se adoptan medidas para erradicarlo, todavía aparecen con muchísima frecuencia los casos de individuos contagiados.

“Es lo que más se ve, sobre todo en el campo, donde las casas están construidas con barro”, explica la matancera Marlene Samá Torres, licenciada en Enfermería, quien luego de cursar el postbásico de Anestesia, se desempeña desde hace un año como técnica de esa especialidad en un hospital boliviano, precisamente en el departamento de Chuquisaca.

“El bichito que lo transmite se llama vinchuca”, dice refiriéndose al trypanosoma cruzi, un parásito que puede vivir en la sangre y en los tejidos de humanos y animales, provocando complicaciones cardíacas y digestivas.

“Los habitantes de esa región conservan las costumbres y vestimentas indígenas. Las más actualizadas son las cholitas que usan sombreros y sayas cortas. Se trata de una zona de bajos recursos económicos, a pesar de ser Sucre, su capital, una ciudad histórica y turística. Hablan español y quechua.” Añade Marlene que entre las formas de subsistencia se encuentra la comercialización de mercancías que traen de países colindantes.

Pero el Chagas no es el único padecimiento que aqueja a los chuquisaqueños. “De tan humildes que son van al hospital a última hora. Hemos visto niños con brazos fracturados que se han pasado hasta cinco días llorando de dolor y no los llevan al médico. Mujeres con cáncer acuden cuando ya están en la fase terminal y no tienen remedio. Niñas de 11 años con gonorrea…

“La idiosincrasia y el bajo nivel cultural nos lleva a aplicar un gran número de cesáreas, pues, las embarazadas demoran mucho en asistir a consulta. Buena parte pare en la casa”, comenta con ese pesar de quienes sufren en su propia piel el dolor de otros.

MARLENE, LA DOCTORITA

Aunque Marlene es anestesista —como se dijo anteriormente—, los lugareños le saludan como ‘doctorita’; no solo a ella le endilgan el diminutivo en demostración de cariño sino a los demás colegas que laboran allí.

“Trabajamos de lunes a viernes y luego los domingos, pues, este día llegan muchos turistas. Les atraen el vestuario, la comida, su música…Evo Morales también vino en una ocasión a bailar, pues, las danzas folklóricas figuran entre las tradiciones que muestran a los visitantes.

“En realidad hay poco tiempo para el descanso; a veces hasta de madrugada nos mandan a buscar. En el hospital, cubanos y bolivianos compartimos la faena y mantenemos buenas relaciones. Cuando algún paciente habla quechua, alguno de ellos nos sirve como traductor.”

A Marlene le embarga por momentos la nostalgia. Según cuenta cuando se está fuera de Cuba se extraña hasta al mayor enemigo; incluso, lo que pueda parecer más insignificante. Es difícil estar lejos aunque se haya tenido experiencias anteriores. Bien lo sabe, pues ya había cumplido durante dos años misión en África, en la República Democrática de Chad.

“Todavía recuerdo aquella línea imaginaria que observaba en el desierto africano y los inventos que tenía que hacer para saber de la familia”. Y precisamente a esta última, con la que ahora desde Bolivia sí logra comunicarse, agradece tanto apoyo. “A mis padres, a mi hermana que es incondicional”.

Cada ser humano conserva historias heterogéneas que se enriquecen con la vida y Marlene atesora muchas de ellas. Es así que la faena que hoy desempeña ha acrecentado también su superación personal. “Hasta aprendí a hacer electrocardiogramas”, apunta por último, con modestia, de manera pausada, y hasta quizás sin meditar en cuánto valor encierra lo que acaba de expresar.

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