El mejor hermano…

images…el vecino más cercano. Este refrán lo aprendí de pequeña; mi madre acostumbraba a repetirlo una y otra vez con el ánimo de que sus hijos estableciéramos buenas alianzas con quienes vivían a nuestro alrededor. Ella decía siempre –y aún lo sostiene– que ante cualquier situación aquellos serían los primeros prestos para ayudarnos.

No hay dudas de que la máxima –fruto al fin de la sapiencia popular–, tiene lógica. No discrepo, por ende, de que así debiera ser, solo que, desdichadamente, no todas las personas asumen como corresponde las relaciones de vecindad. Con certeza muchos lectores, dadas sus experiencias personales, compartirán igual opinión.

Y es que vivir en una comunidad implica, además de pertenecer a ella, acatar una serie de derechos y obligaciones, cuestiones que hoy día se violan muy a menudo. Hablo de costumbres y normas que nos permiten mantener mejor calidad de vida y que se basan en valores como la solidaridad, el respeto, la responsabilidad mutua y la cooperación.

Son reglas elementales que se olvidan cuando se coloca una jaba de basura enfrente de una puerta ajena; si se habla a gritos, se vociferan palabras obscenas o se pone una música estridente sin distinción de horarios; o cuando ante determinadas situaciones de conflictos propios de la convivencia, en lugar del diálogo sobrevienen la amenaza, los gritos y hasta los golpes.

¿Qué decir de aquella fauna citadina que algunos pretenden imponer a costa del sacrificio de otros y no del suyo? Animales que chillan, que ladran, emiten hedores, y que en la vivienda, este tipo de dueños casi siempre ubican en los lugares más distantes de ellos y más próximos a los moradores colindantes, por lo que son estos últimos quienes reciben los mayores perjuicios. Cito, por ejemplo, esas construcciones para perros o cerdos erigidas en el fondo del patio de la casa.

Ahondando sobre el tema no podemos dejar de mencionar a los que empujan la puerta entreabierta y sin una gota de educación entran, toman asiento y hasta partido en la conversación, aun cuando se esté platicando con alguien que nos visita. No faltan tampoco aquellos que abusan de la bondad y se encargan de pedir una ‘latica’ de arroz, una ‘gotica’ de sal, un ‘poquitico’ de azúcar…, diminutivos empleados para minimizar las reiteradas ocasiones en que incurren en ello. Aquí se incluyen los que solicitan objetos del hogar que luego no devuelven hasta tanto se los exiges.

No escasean, asimismo, los que sin sutileza alguna o buen sentido del tacto hacen de la crítica hacia sus conciudadanos una acostumbrada acción, ni los que demuestran sentimientos bajos como la envidia, codicia, intolerancia, interés material y superficialidad.

Hay otros aspectos cotidianos que bien pudieran tenerse en cuenta cuando se vive en colectividad. Así, pues, si en horarios pico las líneas eléctricas suelen sobrecargarse, entonces, ¿por qué instalar al unísono varios equipos calificados como altos consumidores cuando el bajo voltaje afecta a todos?

Tener bien presentes los derechos de los otros deviene premisa esencial, no solo para recibir reciprocidad en tal sentido, sino también para contribuir a que nos sintamos bien en el lugar donde residimos. El respeto nos hace civilizados, aún más si se acompaña de la cordialidad, el diálogo y compromiso.

Por eso, cumplir con los deberes y obligaciones que nos atañen dentro de la comunidad resulta imprescindible para prevenir el malestar y mejorar la convivencia. Entonces sí no habrá vacilaciones para afirmar que nuestro mejor hermano es, precisamente, el vecino más cercano.

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