#Cuba: Gracias por todo, #Fidel

Fidel Castro y Carilda Oliver Labra. Foto: Ramón Pacheco SalazarEscrito por Ventura de Jesús García

La joven echó su pelo rubio y copioso hacia atrás, con sus maneras de siempre, y miró fijamente hacia las aguas de la bahía matancera mientras transitaba el puente de Tirry, dispuesta a emprender un nuevo día de aquel amordazado año de 1957.

La suave brisa proveniente de la desembocadura del río San Juan era como una bendición para sus ojos verde-azules, pero sintió de pronto un escozor en el cuerpo al ver pasar a toda velocidad varios carros patrulleros repletos de sicarios de la dictadura de Batista con sus típicos uniformes color amarillo.

No parece una buena señal para empezar el día, debió pensar para sus adentros Carilda Oliver Labra.

Sin embargo, una buena noticia la esperaba de regreso en su casona de Tirry 81. La todavía joven poetisa, mimada en las tertulias de la ciudad, tembló de alegría al ver la foto de Fidel Cas­tro en la Sierra Maestra a propósito de la entrevista que le hiciera el periodista norteamericano Herbert L.

Matthews, reportero de New York Ti­mes. Era la confirmación de que el líder insurrecto estaba vivo y que la lucha continuaría. El gobierno de Batista afirmaba que el joven revolucionario había muerto.

ABSORBIDO POR LAS PREOCUPACIONES DE LOS CUBANOS
Carilda había conocido a Fidel en la Uni­ver­sidad de La Habana. Ella por entonces cursaba el tercer año de la licenciatura en Derecho y vivía en una especie de bruma radiante por su entrada triunfal en la poesía en su natal Matanzas.

Una de las primeras veces que reparó en aquel joven dispuesto, también aspirante a abogado, fue subido a un banco de la Uni­ver­sidad mientras improvisaba una arenga a estudiantes de su especialidad. Le llamaron la atención sus dotes de orador, la energía que infundía a las palabras y la cierta aureola de rebelde, recuerda Carilda. Sin duda ya estaba absorbido por las preocupaciones de los cubanos, asegura.

Por eso cuando la publicación validó que el jefe guerrillero estaba vivo tras los primeros reveses sufridos por los expedicionarios del yate Granma, la poetisa matancera se alegró muchísimo. Fue así como nació el Canto a Fidel, y Ca­rilda se convertiría en el primer poeta que levantaba su voz para cantarle al líder de la hazaña emancipadora.

“Aquello me emocionó, fue una cosa convulsiva casi, y decidí momentáneamente ha­cer unas décimas”, contaría hace unos años. “Pensé en las décimas porque era un formato popular, sencillo y musical. Creí que de ese modo podría enviarlas a la Sierra.

“Me inspiró además la cuestión ética de la Sierra y aquel movimiento libertario. Fue un tributo humilde al guerrero, en un momento muy incierto y con pocas esperanzas de éxito, pensaba yo. En realidad se trataba de una tarea titánica la de aquellos rebeldes, aunque como conocemos, él nunca perdió la fe en el triunfo.

“Era una cosa muy cristalina, el canto es romántico, repleto de ilusión, es la loa al héroe que está en la Sierra Maestra, un llamamiento también a la guerra, ese fue el motivo que me conquistó.

“Si hubiese consultado entonces la bola de cristal habría entendido —previo al conocimiento de todo lo que ha pasado durante todos estos años— que a este hombre no se le puede saludar con versitos sino con armas que están por inventarse, y que no alcanzan los Neruda, los Vallejo, los Darío, los Miguel Hernández, los Guillén… para escribirle la epopeya justa.

“Eso sí, lo hice llena de amor y romanticismo, con una pasión ilusionada, llena de fantasías; quería sencillamente contribuir a la causa con un granito de arena. Hoy, a mi edad, lo hubiera escrito de otra forma porque el tiempo la vuelve a una más cuerda. O sencillamente, no me atrevería a escribirlo, quizá porque sería demasiado presumido. Fidel es una figura universal y no cabe en un poema…”.

Aquellos versos insólitos, de manifiesto espíritu insurrecto, rebasaron las fronteras locales. Aun así, y pese al riesgo que entrañaba una divulgación indiscriminada, circularon manuscritos de mano en mano.

“Lo leí a varios amigos en busca de opiniones que lo validaran. Únicamente tuvieron copias del Canto… el periodista Manolo Gar­cía, que lo llevó al exilio, y Julián Alemán, quien fue trágicamente asesinado, pero nunca de­nunció a nadie.

“No dejaba de sentir miedo por lo que podía pasarme, claro está. Después de que lo leyeron algunos amigos y gracias a no pocas peripecias el Canto… subió a la Sierra Maestra oculto entre la suela y la plantilla de unos zapatos. Se leyó por primera vez en la inauguración del Tercer Frente Mario Muñoz, en plena guerrilla libertadora, y el 7 de enero de 1959 aparece publicado en el periódico ma­tancero El Imparcial, y más tarde en revistas y periódicos del país”.

Casi una locura, califican algunos historiadores aquel gesto comprometido de la poetisa. “Forjarlo fue como un golpe de sangre, y por so­bre todas las cosas un golpe del alma. Pensé que enviarlo a la Sierra me iba a costar la vida, la cual amaba mucho por cierto, pero lo intenté y me alegro”, asevera la intelectual matancera.

CANTO GUERRILLERO
En su visita a Matanzas a propósito del aniversario 40 del Canto a Fidel, el líder de la Re­vo­lución enalteció la valentía de Carilda y recordó el momento de cuando se radió en la Sierra Maestra y el estímulo que significó para ellos.

Es un poema valiente y no lo tomo como un homenaje a mí, es la expresión de sentimientos patrióticos e intelectuales, un canto guerrillero, resumió Fidel.

—¿Qué recuerdos atesoras de aquel en­cuentro de hace casi 20 años?

—Fue una larga y amena conversación, interrumpida alguna que otra vez por la inolvidable presencia del pintor ecuatoriano Os­waldo Gua­yasamín, quien nos honró con su compañía. Fi­del tenía sobre sus hombros el peso de largos años de lucha, pero se veía cargado de ilusiones, de metas por cumplir. Eso fue lo que más me impactó.

“Me escribió una carta. La guardo como un regalo puro. No es la carta de un guerrero, sino la de un hombre con una gran sensibilidad para la literatura”.

Mientras desgrana recuerdos no abandona su fino sentido del humor y llega a contar hasta con picardía algún que otro suceso. Disfruta cada minuto de su vida quizá con el mismo fervor de su juventud, cuando solía desandar las principales calles de la ciudad y cautivar con su poesía y su encanto singular. La misma Carilda de siempre: tierna, inteligente y con toda la lucidez del mundo.

—¿Qué agregarías hoy al Canto?

—Nada. La obra de la Revolución está hecha: adosar palabras a la misma sería como trazar en la base de una pirámide los planos de su construcción.
“Aquel joven audaz, inteligente, tempestuoso, radioactivo, de pie sobre la patria, escapó de mi humilde poema y ya nadie acertará a escribirle la epopeya justa que demanda su grandeza”.

En otras circunstancias, a propósito del cumpleaños 80 de la autora de Al sur de mi garganta, Fidel alabó los atributos literarios y humanos de la Premio Nacional de Literatura. En Ma­tan­zas, con solo decir su nombre, todo se reconoce poéticamente sin mencionar absolutamente na­da más, sostuvo en una misiva.

Fidel se muestra admirado por la mujer que nunca aspira al pasado y vive y sueña el mañana, pero sobre todo por el espíritu trascendente con que logra comunicar su amor a la Patria, a los mártires, a la familia, a las rosas y a la justicia. Mi afectuoso saludo, precisaría, para alguien que quiere como último abrazo, el abrazo de toda la tierra de su Patria sobre su tumba.

Canto a Fidel

No voy a nombrar a Oriente,
no voy a nombrar la Sierra,
no voy a nombrar la guerra
—penosa luz diferente—,
no voy a nombrar la frente,
la frente sin un cordel,
la frente para el laurel,
la frente de plomo y uvas,
voy a nombrar toda Cuba,
voy a nombrar a Fidel.

Ese que para en la tierra
aunque la Luna le hinca,
ese de sangre que brinca
y esperanza que se aferra;
ese clavel en la guerra,
ese que en valor se baña,
ese que allá en la montaña
es un tigre repetido
y dondequiera ha crecido
como si fuese de caña.

Ese Fidel insurrecto
respetado por las piñas,
novio de todas las niñas
que tienen el sueño recto.
Ese Fidel —sol directo
sobre el café y las palmeras—;
ese Fidel con ojeras,
vigilante en el Turquino
como un ciclón repentino,
como un montón de banderas.

Por su insomnio y sus pesares,
por su puño que no veis,
por su amor al veintiséis,
por todos sus malestares,
por su paso entre espinares
de tarde y de madrugada,
por la sangre del Moncada
y por la lágrima aquella
que habrá dejado una estrella
en su pupila guardada.

Por el botón sin coser
que le falta sobre el pecho,
por su barba, por su lecho
sin sábanas ni mujer,
y hasta por su amanecer
con gallos tibios de horror,
yo empuño también mi honor
y le sigo a la batalla
con este verso que estalla
como granada de amor.

Gracias por ser de verdad,
gracias por hacernos hombres,
gracias por cuidar los nombres
que tiene la libertad.

Gracias por tu dignidad,
gracias por tu rifle fiel,
por tu pluma y tu papel,
por tu ingle de varón.

Gracias por tu corazón.

¡Gracias por todo, Fidel!

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