#Cuba y #EE.UU antes de Girón (Parte II)

cuba-jpg_1718483346Escrito por Fabián Escalante

El 4 de marzo de 1960 explotaba en la bahía de La Habana el buque de bandera belga La Coubre, que traía armas y municiones destinadas a la defensa de la Revolu­ción. Fue una operación de la CIA, mediante la cual varios saboteadores penetraron al buque en su puerto de origen y colocaron explosivos detonantes por un dispositivo de alivio de presión, que funcionaría cuando la carga fuera movida en su lugar de destino. Setenta y cinco muertos ymás, de 200 heridos fue el saldo de aquella agresión. Todo el pueblo, en impresionantes honras fúnebres, despidió a los caídos en una guerra que comenzaba y todavía no había sido declarada.

Al día siguiente, Richard Bissell se reunía con los integran­tes del grupo operativo cubano de la CIA. En su oficina se encontra­ban, además, el coronel King y el inspector Lyman Kirkpatrick. Todos tenían ante sí un documento TOP SECRET, que esbozaba las ideas generales del proyecto cubano:

“Crear una responsable y unificada oposición al régimen de Castro fuera de Cuba; desarrollar una fuerte campaña de propaganda dirigida al pueblo cubano, con los fines dé rebelarlo contra los comunistas que lo gobiernan; fomentar en la Isla una organización secreta de inteli­gencia y acción que, acatando las órdenes de la oposición en el exilio, lleve a cabo operaciones de subversión, sabo­taje y desestabilización, y prepara la “sublevación interna”; desarrollar una fuerza paramilitar, fuera de Cuba, que después de infiltrada en la Isla, sería la responsable de organizar la lucha guerrillera en las montañas y proveer de saboteadores y terroristas a la resistencia clandestina en las ciudades y asesinar a Fidel Castro.”

Finalmente se analizó la justificación que debían manipu­lar las transnacionales de la información sobre la agresión que, se fraguaba. David Phillips aportó la idea: la Revolución “traicionada” sería el argumento.

El 17 de marzo de 1960, el Presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, firmaba la directiva del Consejo Nacio­nal de Seguridad, por medio de la cual se aprobaba “el programa de acciones encubiertas contra el régimen de Castro”, A partir de ese momento la Casa Blanca dio luz verde a sus ejércitos de mercenarios, politiqueros, depredadores y asesinos a sueldo para derrocar la Revolución Cubana. Sin embargo, la historia les deparaba muchas amarguras.

Los primeros pasos de Hunt se encaminaron a formar la infraes­tructura política que posibilitara al gobierno-norteamericanoesconderse tras ella. Era necesario unir a la “responsable oposición” formada en la Florida. Tarea nada fácil. Se trataba de conciliar a los viejos tiburones de la política cubana, que oteaban el inminente regreso a la Isla. Las luchas estallaron inmediatamente. Los batistianos querían obtener la mejor parte, argumentando su importante representatividad en el exilio. Contaban además con cuadros militares y una estructura en las principales ciudades norteamericanas. Por otro lado se encontraban los seguidores de Prio y comparsa, y, finalmente, los nuevos exiliados, que exigían su cuota de poder.

Así, después de muchas discusiones se escogió al “pro­minente” político Manuel Antonio de Varona Loredo, alias Tony, con influyentes amistades entre empresarios y mafiosos norteamericanos interesados en Cuba. Varona había huido a la Florida después del golpe de Estado de Batista en 1952 y allí se refugió. Era un próspero hombre de “negocios” y a finales de la década del cuarenta había invertido en una sociedad de bienes raíces que radicaba en el sur de la Florida, en contubernio con el sindicato del crimen. A la sombra de sus amigos del Departamento de Estado se convirtió en un capitán araña, pues donó cierto dinerito, “embarcó” a algún que otro revolucionario, y devino así tribuno de una guerra verbal contra la dictadura de Batista, desde su seguro refugio.

El otro personaje seleccionado fue el ex coronel Eduardo Martín Elena, quien obtuvo sus grados en las oficinas del campamento militar de Columbia, antigua sede de la jefatu­ra del ejército de la tiranía. Su responsabilidad sería la selección y preparación de los futuros mercenarios que se infiltrarían en Cuba para “liberarla del comunismo”.

Pero había más. Howard Hunt tenía otra carta dentro de su manga. Se trataba de Manuel Artime Buesa, el “héroe” de la clandestinidad cubana, que ya se había formado una reputación de hombre de acción. Éste tenía sus propios proyectos y contaba con el apoyo de las principales orga­nizaciones católicas laicas en Cuba. Con ellas pensaba estructurar un movimiento contrarrevolucionario que capitalizara la atención de la CÍA.

En abril se crearon las Brigadas Internacionales Antico­munistas, una organización mercenaria dirigida por el agente de la CIA Frank Sturgis, con el propósito de acondicionar una red secreta de casas de seguridad, instalaciones nava­les, barcos, aviones, almacenes, en fin, lo necesario para que los reclutados pudieran actuar desde una base segura en Miami. También estarían responsabilizados con la conscripción de exiliados, la administración de los campamentos de entre­namiento y la coordinación de las misiones para el abaste­cimiento de los grupos contrarrevolucionarios en Cuba.

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